Un chincol se estrella contra mi ventana y muere.
Nadie le enseñó el color de lo invisible.
Se nos sometió a reconocer el conflicto en la ley sin regla de nuestras pasiones:
evitar leer en ello las contradicciones del orden del mundo.
Buscar en uno mismo el fundamento de lo propio.
Ni polvo he sido, ni la mano de nadie me ha forjado:
Mis confines se contienen a sí mismos.
Contaré, entonces, los soles que se me antojen: perderme en mi libre delirio.