martes, 9 de noviembre de 2021

Sin fecha

 Arrojo con ira esta piedra a la luna.

Al vacío constelado de mi anhelo ardiente.

Pero la piedra choca, impacta el cielo raso, cristalino, indestructible, intangible, inclemente.

Cae, de vuelta en picada, a furia desmesurada de su distancia; acelera, cual revuelo de tormentas.

Hacia el lago ultrajado de mis paradojas, esta culpa inmerecida y ajena.

Y entonces todo, todo es llovizna.

Bruma leve y espesa de mis crueles azares.

Se ha roto, nuevamente, la armonía de este piélago distante.

La inconmensurable residencia de mis eternas abstracciones.

Mi pecho, lívido de melancolía, ha sido pintado de nostalgia.

Y es entonces cuando se nos cae el tiempo, volvemos al insomnio, eterno y maldito.

Mi paso, mórbido y aletargado, presagia esta muerte en vida.

Es esta la condena de Sísifo, fuimso sentencias a cargar el peso del cariño extraviado.

Para arrojarlo, otra vez, como siempre y siempre.

Con furia hacia alguna tierra lejana, el vacío constelado del anhelo del anhelo ardiente, delirante y doliente.

Y entonces vuelvo, nuevamente, a romper la armonía enfermiza de este omnímodo absurdo.