La tristeza inusitada
De saber que olvidó tus gestos
No puedo recordar tus frases
Las cosas que decías con esa voz que solías usar
Solo queda este dejo de ternura
Y mi nostalgia sin contornos
De aquellas cosas que amaba y que ya no podré nombrar.
La tristeza inusitada
De saber que olvidó tus gestos
No puedo recordar tus frases
Las cosas que decías con esa voz que solías usar
Solo queda este dejo de ternura
Y mi nostalgia sin contornos
De aquellas cosas que amaba y que ya no podré nombrar.
Arrojo con ira esta piedra a la luna.
Al vacío constelado de mi anhelo ardiente.
Pero la piedra choca, impacta el cielo raso, cristalino, indestructible, intangible, inclemente.
Cae, de vuelta en picada, a furia desmesurada de su distancia; acelera, cual revuelo de tormentas.
Hacia el lago ultrajado de mis paradojas, esta culpa inmerecida y ajena.
Y entonces todo, todo es llovizna.
Bruma leve y espesa de mis crueles azares.
Se ha roto, nuevamente, la armonía de este piélago distante.
La inconmensurable residencia de mis eternas abstracciones.
Mi pecho, lívido de melancolía, ha sido pintado de nostalgia.
Y es entonces cuando se nos cae el tiempo, volvemos al insomnio, eterno y maldito.
Mi paso, mórbido y aletargado, presagia esta muerte en vida.
Es esta la condena de Sísifo, fuimso sentencias a cargar el peso del cariño extraviado.
Para arrojarlo, otra vez, como siempre y siempre.
Con furia hacia alguna tierra lejana, el vacío constelado del anhelo del anhelo ardiente, delirante y doliente.
Y entonces vuelvo, nuevamente, a romper la armonía enfermiza de este omnímodo absurdo.
Tránsito, vuelta al tiempo vedado.
Desborda tus horas, que arda vuestraconfines aparentes
el galope suelto, al borde, salto al encuentroMi vendaval en los cristales
del aire del anhelo, del alma nueva.
Desborda, encalla y destroza
¡Revienta la estrella! ¡danza, delira y subleva!
Estoy por hundirme en los ecos de allá afuera
En las voces urgentes de serendipia.
En el llanto, tanto, bello que me lleva.
A la comunión vuela, por ella... por ella...
Pero ella no es ninguna, y por ello ni pregunto.
¿Serás tu, Dios, acaso?
La luz del camino a la estrella.
Cuenta secretos, cuya voz, aquella
Me atraviesa entero, como en pie de guerra
A la escaramuza salto, el verso en lanza
Que a la sombra hiera
Es mi voz que en tropel avanza.
Galopante y furiosa que danza ¡qué danza!
Honra al tránsito del alma, el anhelo que me desvela
Devela mi canto, el que por ella vuela.
Vendaval que volante revuela,
El aire, del anhelo, del alma nueva.
Espasmos de gritos estallan.
Trastocan en tumultos sutiles.
Susurran los rincones.
La maquinaria encuadra, destaja y proscribe.
¿Me he quedado sordo?
Por favor sueño, dime.
Dime el tiempo mío.
La promesa de la luna me atraviesa rampante.
El cosmos a ella la toma, escrita en sus palabras se encuentra la voz de mi destino.
Eros me ha bendecido ¡Qué oscuridad habría sin el alarido urgente de mi anhelo!
El alma evoca y se desborda a sí misma.
El alma sueña y se desboca a lo incierto.
Atravieso esta selva oscura, porque me he perdido.
Pero ella, cual Beatriz de Dante, marca mi tránsito a la búsqueda inmensa.
Debo sentirlo todo:
Hay algo adentro que me trastoca y excede.
Existe un sentido a la espera, y el timón es de otro.
Tránsito de este piélago a la espera.
Encallará la nave cuando Logos destroce.
Lo que debe ceder, morir y nacer.