Recuerdo
Cuando emergias de tu hemisferio
Y tus manos me quemaban la cara:
La señora riéndose sola
Cuando emergias de tu hemisferio
Y tus manos me quemaban la cara:
La señora riéndose sola
No pudimos haber sido
Más insignificantes
Tú y yo, cielo mío
Delirando juntos las estaciones de mañana
El invierno y sopaipillas con chancaca
La estufa solemne y sus fierros estoicos
Ventanas vaporosas y cocadas hechas
Con las manos sucias
Ambos éramos felices, eran los instantes
En los que nuestra simbiosis ya no parecía absurda
Existíamos, y yo te miraba hacia arriba.
Mi madre solía pensar
Que era a dios a quien buscaba
Ella desbordaba su pecho al cristo sufriente
Y me felicitaba, por haberla hecho creer
Un poco más
Que el otro día.
La verdad
Es que no la culpo
Tu sempiterna sonrisa y tu caricia del mundo en revuelo
Tu mano helada y presente: vivíamos tu invierno.
Más insignificantes
Tú y yo, cielo mío
Delirando juntos las estaciones de mañana
El invierno y sopaipillas con chancaca
La estufa solemne y sus fierros estoicos
Ventanas vaporosas y cocadas hechas
Con las manos sucias
Ambos éramos felices, eran los instantes
En los que nuestra simbiosis ya no parecía absurda
Existíamos, y yo te miraba hacia arriba.
Mi madre solía pensar
Que era a dios a quien buscaba
Ella desbordaba su pecho al cristo sufriente
Y me felicitaba, por haberla hecho creer
Un poco más
Que el otro día.
La verdad
Es que no la culpo
Tu sempiterna sonrisa y tu caricia del mundo en revuelo
Tu mano helada y presente: vivíamos tu invierno.
Volviendo a este poema, me da risa cuán torpe y cuan limitada queda registrada mi experiencia frente al poema de Wordsworth, "Atisbos de inmortalidad en los recuerdos de la primera infancia". Es ahí en donde se imprime con muchísima más belleza y muchísima más amplitud lo que quise dejar dicho. Me refiero a esos sentimientos infantiles de comunión mística con la naturaleza, esos peculiares estados de consciencia y sobrecogimiento ante lo inmenso y lo irracionalmente hermoso de hallarse vivo, esos "atisbos de inmortalidad", como los llamaba el propio Wordsworth.
ResponderBorrarQuizás esta cita de Bernard Berenson, en "Sketch for a Self-Portrait" (p. 18), entregue una mejor idea respecto a lo que me refiero. Claro, en el supuesto absurdo de que Wordsworth no ha sido suficiente (aunque es válido pensar que la poesía siempre tendrá algo de enigmático y escondido en ella):
ResponderBorrar"En la infancia y la juventud, este éxtasis me sorprendía cuando estaba de puertas afuera. Tendría cinco o seis años. Siete, no. Era una mañana a principios de verano. Sobre los tilos resplandecía y temblaba una neblina plateada. El aire estaba cargado con su fragancia. La temperatura era como una caricia. Recuerdo sin ningún esfuerzo que me subí a un tocón y de repente me sentí inmerso en la Otredad. No la llamé así. No necesitaba palabras. Ella y yo éramos uno."