domingo, 14 de junio de 2020
Lo inoportuno en la memoria
Quiero escribir sobre la tragedia de nunca hallarnos dueños de nuestra felicidad por entero. Quiero dar a entender que la realización de nuestra dicha siempre surge a destiempo. Cada experiencia memorable se disgrega en distintos niveles, y no todos ellos confluyen en el mismo presente. El valor de un recuerdo varía según pasan o no los días. Algo así como un relato donde el narrador en primera persona cuenta su experiencia basal, y a continuación, las diferentes realizaciones respecto a la misma lo acosan a distintos tiempos (otorgadas por personajes o situaciones incidentales); y cómo cada uno de aquellas realizaciones surge siempre de forma inoportuna, en la medida en que sus circunstancias cambian. Lo cual tiene por consecuencia la promesa eterna de una posible felicidad futura y completa que se le presentará siempre un paso adelante: tan imposible, tan frustrante. La temática es lo inoportuno de la memoria. Una ineludible condena, por cuanto el presente como objetividad es inabarcable por el sujeto. Eterno descubrimiento tardío, fatal destino del hombre, como diría Baricco. No puede ser un cuento, no da para tanto, mejor una prosa pero más libre.
cagada redentora
Pido perdón por mi impertinencia que es un delirio. Por mi presencia inerme, desgajada, en constante auxilio de sí misma. Cada vez que la comunicación surge, me arrebato hacía mi centro bajo ataque. Cuando la realidad en sus labios cesan las escaramuzas me vuelvo, entonces, un imbécil. Esa es mi dualidad inherente: la imbecilidad y la guerra imaginaria, o la mezquina idiotez seguida de una fragilidad trizada por mi mente-miente como un taladro. A destiempos, me hallo desde los bordes de mi cuerpo, y desde ahí esquirlas mudas sobresaltan cada textura, cada centímetro del espacio concomitante. A destiempos cinco dialogos trazan cada bocanada de lenguaje que mi léngula traztaja, los entes me escuchan y pronto disparato un monólogo eterno, me entretengo en las hebras de mis enculubramientos, circunloquios locos, soberbios y herméticos. Por supuesto, ustedes no ven nada; salvo sacras excepciones, rarezas propias de lo santo: clarividentes de mi espacio-silencio, (los llamo amigos), saltán al encuentro de mi humanidad sincera: les agradezco tanto ¿por qué son tan pocos? ¿por qué debo contarlos? No lo sé, en fin. Prosigo: no soy dueño ninguno de mis propios errores propios. Lo soy, en el sentido valorativo-social respecto al establecimiento de mi responsabilidad como un ser que yerra. Pero también no lo soy tampoco, en el sentido de que no quiero hacerme cargo de nada que involucre a esta bolsa de carne ansiosa como un pepino. Mis dicotomías son tantas que dan ganas de intrudicrme al mundo por la raja, aunque menos mal que menos que mis contrafactuales, que comparativamente no son tantas, y solo me motivan a la introducción anal de 3/4 de la esfera. Con todo, cada noción moralmente exigible crece en mí al revés como un tallo inverso, expectativa estéril y vastaga desde la antípoda. La verdad, respuesta a ello no encuentro sino en uno de los (ya mencionados) elementos de mi dualidad inherente: la imbecilidad, la egodinámica, la irracionalidad tan vasta y tan atrayente. Soy tan flojo que espero un premio por limpiarme la raja. Soy tan egoísta que consumo la carne de diezmil cristos sufrientes a cada instante, como una máquina transustanciadora de culpas y culpas y mil disculpas. Mi sinceridad repugnante, es tan bueno exihibirla, como un calzoncillo con caca que se hiza como noble bandera, como un estandarte con caca que se levanta ante la tiranía de la experiencia, tan inabarcable y tan ambigua.
viernes, 12 de junio de 2020
Eran haikus, po'
Pinta, aromo
Viento y tierra grana
Su cielo zarco.
Canta, pájaro
Alba y verde claro
Su himno regio.
Chanta, la tula
Ordinario culiao
Eran haikus, po.
miércoles, 3 de junio de 2020
martes, 2 de junio de 2020
Inicio (de algo, no sé qué)
Me recuerdo como recordando
a Fernanda. Como intentando decir algo, como encerrarla en una frase, en una
elipsis. En un relato que culmina y que se encierra sobre sí mismo. Me recuerdo
intentando escribirla en escenarios diversos, pero siempre en medio de una
tarde, poblada de transeúntes, entre música y algarabía. Me recuerdo como
recordándola tomada de mi brazo, paseándonos entre los locales. Tal vez así
lo digo porque en recordarla ya no habita sólo el recuerdo. Es medio invento y
medio pasado. En mi desvarío, escribo una seguidilla de oraciones, como el
inicio de algo, pero sin mucho atractivo: caminaba junto a Fernanda una tarde
en la que el mar encrespaba. La luna estaba llena, y la marea brava. Aún
recuerdo su beso salino, en la tarde que dejaría de verla; donde todo…
– ¿Sabes cómo se llama eso?– Me preguntó señalando con su dedo al cielo.
– ¿Ocaso? ¿Reflejo? ¿Rojo? ¿Nube?
¿Cielo?
– No – Contestó con coquetería. –
Se llama arrebol.
Me había encontrado con Fernanda
una tarde en la que aire era espeso y el calor insoportable. En medio del
tumulto, entre gritos y piedrazos, me tocó del hombro. Di media vuelta y me la
encontré: diminuta y sonriente. Expectante, como subsumida en el ejercicio
previo de haber comprobado que yo era, efectivamente, yo.
Pequeñez
Si debiera
decir algo ¿qué sería? Nada. No he vivido lo suficiente como para llegar a
decir algo. Aún, en muchos aspectos, sigo siendo un cabro chico que se pregunta
por qué las nubes tienen tal o cual forma. Pero hasta un cabro chico podría
contar una historia.
Aunque ya no
me asombro, me siento eternamente a la espera de algo, como si la potencialidad
me definiera por completo. Es mera expectativa, pueril deseo. La vaga negación
de resignarse a continuar siendo uno mismo. No tengo idea qué es esto, ni para
qué lo escribo, ni lo que estoy diciendo.
Entonces, ¿por qué tomarse la molestia? Solo le pido al cielo, a mi
genio, a lo que sea, que se me permita decir algo.
A veces
negocio con el aire. Le ruego que me desborde, que me diga algo, mientras lloro
con el vaso en la mano, la libreta abierta, completamente borracho. Casi nunca
sale nada, y lo que sale no lo entiendo, y lo que entiendo lo desprecio de
inmediato. La sinceridad no basta por sí misma. Entonces ¿qué falta?
Al menos me
consuelo en la idea de que habito la misma tierra que todos ellos: los hombres
y mujeres inmensos. Pertenezco a su misma especie y comparto su mismo presente.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
