Me recuerdo como recordando
a Fernanda. Como intentando decir algo, como encerrarla en una frase, en una
elipsis. En un relato que culmina y que se encierra sobre sí mismo. Me recuerdo
intentando escribirla en escenarios diversos, pero siempre en medio de una
tarde, poblada de transeúntes, entre música y algarabía. Me recuerdo como
recordándola tomada de mi brazo, paseándonos entre los locales. Tal vez así
lo digo porque en recordarla ya no habita sólo el recuerdo. Es medio invento y
medio pasado. En mi desvarío, escribo una seguidilla de oraciones, como el
inicio de algo, pero sin mucho atractivo: caminaba junto a Fernanda una tarde
en la que el mar encrespaba. La luna estaba llena, y la marea brava. Aún
recuerdo su beso salino, en la tarde que dejaría de verla; donde todo…
– ¿Sabes cómo se llama eso?– Me preguntó señalando con su dedo al cielo.
– ¿Ocaso? ¿Reflejo? ¿Rojo? ¿Nube?
¿Cielo?
– No – Contestó con coquetería. –
Se llama arrebol.
Me había encontrado con Fernanda
una tarde en la que aire era espeso y el calor insoportable. En medio del
tumulto, entre gritos y piedrazos, me tocó del hombro. Di media vuelta y me la
encontré: diminuta y sonriente. Expectante, como subsumida en el ejercicio
previo de haber comprobado que yo era, efectivamente, yo.
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