martes, 2 de junio de 2020

Inicio (de algo, no sé qué)


Me recuerdo como recordando a Fernanda. Como intentando decir algo, como encerrarla en una frase, en una elipsis. En un relato que culmina y que se encierra sobre sí mismo. Me recuerdo intentando escribirla en escenarios diversos, pero siempre en medio de una tarde, poblada de transeúntes, entre música y algarabía. Me recuerdo como recordándola tomada de mi brazo, paseándonos entre los locales. Tal vez así lo digo porque en recordarla ya no habita sólo el recuerdo. Es medio invento y medio pasado. En mi desvarío, escribo una seguidilla de oraciones, como el inicio de algo, pero sin mucho atractivo: caminaba junto a Fernanda una tarde en la que el mar encrespaba. La luna estaba llena, y la marea brava. Aún recuerdo su beso salino, en la tarde que dejaría de verla; donde todo…

– ¿Sabes cómo se llama eso?–  Me preguntó señalando con su dedo al cielo.
– ¿Ocaso? ¿Reflejo? ¿Rojo? ¿Nube? ¿Cielo?
– No – Contestó con coquetería. – Se llama arrebol.

Me había encontrado con Fernanda una tarde en la que aire era espeso y el calor insoportable. En medio del tumulto, entre gritos y piedrazos, me tocó del hombro. Di media vuelta y me la encontré: diminuta y sonriente. Expectante, como subsumida en el ejercicio previo de haber comprobado que yo era, efectivamente, yo.

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