domingo, 14 de junio de 2020

cagada redentora


Pido perdón por mi impertinencia que es un delirio. Por mi presencia inerme, desgajada, en constante auxilio de sí misma. Cada vez que la comunicación surge, me arrebato hacía mi centro bajo ataque. Cuando la realidad en sus labios cesan las escaramuzas me vuelvo, entonces, un imbécil. Esa es mi dualidad inherente: la imbecilidad y la guerra imaginaria, o la mezquina idiotez seguida de una fragilidad trizada por mi mente-miente como un taladro. A destiempos, me hallo desde los bordes de mi cuerpo, y desde ahí esquirlas mudas sobresaltan cada textura, cada centímetro del espacio concomitante. A destiempos cinco dialogos trazan cada bocanada de lenguaje que mi léngula traztaja, los entes me escuchan y pronto disparato un monólogo eterno, me entretengo en las hebras de mis enculubramientos, circunloquios locos, soberbios y herméticos. Por supuesto, ustedes no ven nada; salvo sacras excepciones, rarezas propias de lo santo: clarividentes de mi espacio-silencio, (los llamo amigos), saltán al encuentro de mi humanidad sincera: les agradezco tanto ¿por qué son tan pocos? ¿por qué debo contarlos? No lo sé, en fin. Prosigo: no soy dueño ninguno de mis propios errores propios. Lo soy, en el sentido valorativo-social respecto al establecimiento de mi responsabilidad como un ser que yerra. Pero también no lo soy tampoco, en el sentido de que no quiero hacerme cargo de nada que involucre a esta bolsa de carne ansiosa como un pepino. Mis dicotomías son tantas que dan ganas de intrudicrme al mundo por la raja, aunque menos mal que menos que mis contrafactuales, que comparativamente no son tantas, y solo me motivan a la introducción anal de 3/4 de la esfera. Con todo, cada noción moralmente exigible crece en mí al revés como un tallo inverso, expectativa estéril y vastaga desde la antípoda. La verdad, respuesta a ello no encuentro sino en uno de los (ya mencionados) elementos de mi dualidad inherente: la imbecilidad, la egodinámica, la irracionalidad tan vasta y tan atrayente. Soy tan flojo que espero un premio por limpiarme la raja. Soy tan egoísta que consumo la carne de diezmil cristos sufrientes a cada instante, como una máquina transustanciadora de culpas y culpas y mil disculpas. Mi sinceridad repugnante, es tan bueno exihibirla, como un calzoncillo con caca que se hiza como noble bandera, como un estandarte con caca que se levanta ante la tiranía de la experiencia, tan inabarcable y tan ambigua.

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